¿Qué se siente al ser un hada sin alas en un mundo al que no perteneces?

Maléfica

jueves, 31 de diciembre de 2015

¡Feliz 2016!

     Que cada uno de tus días suenen como cualquiera de los acordes de esta bellísima canción…

martes, 22 de diciembre de 2015

Charles Dickens, "Cuento de Navidad"

     Caminar por fuera del borde de la vida... Feliz Navidad/Joyeux Noël :)

martes, 15 de diciembre de 2015

Las lecturas de mi 2015


      Un año más, para que no se pierdan en el olvido

     1. Guy de Maupassant, Aparición
     2. Guy de Maupassant, Cosas viejas
     3. Guy de Maupassant, Miseria humana
     4. J. R. R. Tolkien, La Cabaña de los Juegos Perdidos
     5. H.P. Lovecraft, El árbol
     6. H.P. Lovecraft, El extraño
     7. Pío Baroja, Médium
     8. Pío Baroja, Olaberri el macabro
     9. Mario Benedetti, Tango
     10. Ana María Matute, Pecado de omisión
     11. Virginia Woolf, La casa encantada
     12. Camilo José Cela, Olor a cebolla
     13. Silvina Ocampo, El verdugo
     14. Rafael Alberti, Muerte y juicio
     15. Juan Eslava Galán, Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie
     16. Ray Bradbury, La sirena
     17. Rubén Darío, La página blanca
     18. Thomas Mann, La muerte
     19. Clarice Lispector, El primer beso
     20. Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir
     21. Miguel de Unamuno, Y va de cuento
     22. Hermann Hesse, La ejecución
     23. Ernest Hemingway, El mar cambia
     24. Ramón del Valle Inclán, El miedo
     25. José Saramago, Ensayo sobre la lucidez

martes, 20 de octubre de 2015

No te rindas

Mario Benedetti

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.


Mario Benedetti

martes, 13 de octubre de 2015

Calígula

Félix Buhot, "Hiver à Paris" (Detalle)
Félix Buhot, Hiver à Paris (detalle)

A lo lejos suena el mar. Es solo un murmullo, un susurro. Él no lo conoce. No conoce el mar aunque se coloca cada día a su izquierda, orilla adentro, en donde ya la playa se pierde y comienza el asfalto y la gente y sus cosas. Avenida del mar, se llama el espacio negro por el que él trota, desde el alba hasta bien entrada la madrugada: Avenida del mar.

Su dueño lo golpea con un látigo rabioso cada vez que aparta la vista del frente, siguiendo el rastro del murmullo. Y cuando no es su dueño es el miedo. El miedo que se extiende por todas partes, que forma pitidos, vehículos que pasan a su lado casi rozándolo, casi pisándole las pezuñas…

Se llama Calígula, por aquello de que su amo es un historiador fracasado. Tiene las crines blancas trenzadas y la cola larga que apenas mueve para sacudirse una mosca. Tiene muchos años y unas orejeras que no le dejan ver el mar.

Mis vacaciones de verano las paso, día sí día también, sentado en la lustrosa calesa de clavos dorados de la que tira en un gracioso tintineo. No siento lástima ni nada, solo alegría y una extraña sensación de libertad que me hace abrir mucho la boca para gritar con fuerza… y mirar a mi abuelo, que va contento a mi lado. Solo tengo cuatro años.

Cuando cumpla catorce escribiré esto y Calígula ya no vivirá. O si lo hace será tan viejo, y sus huesos estarán tan gastados, que ya no podrá tirar más de ninguna calesa de clavos dorados. Su amo lo venderá entonces por dos duros al encargado de un matadero. Calígula no sabe estas cosas, pero se las imagina. Igual que tampoco sabe cuál es el color con que se visten los susurros y, sin embargo, él lleva el alma teñida de mar.
           
                                                                          Lola García de Luna


Este relato apareció publicado, por primera vez, el día 16 de octubre de 2013 en La Esfera Cultural y forma parte de la antología ¿Vacaciones?, si yo te contara... editada por La Esfera Cultural. Parque literario y cultural, Santa Cruz de Tenerife, 2013

martes, 15 de septiembre de 2015

El perro cojo


Con una pata colgando,
despojo de una pedrada,
pasó el perro por mi lado,
un perro de pobre casta.
Uno de esos callejeros,
pobres de sangre y estampa.
Nacen en cualquier rincón,
de perras tristes y flacas,
destinados a comer
basuras de plaza en plaza.
Cuando pequeños, qué finos
y ágiles son en la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios borlones de lana,
los miman, los acurrucan,
los sacan al sol, les cantan.
Cuando mayores, al tiempo
que ven que se fue la gracia,
los dejan a su ventura,
mendigos de casa en casa,
sus hambres por los rincones
y su sed sobre las charcas.
Qué tristes ojos que tienen,
que recóndita mirada
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.
Y se mueren de tristeza
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.
Yo le llamo: psss, psss, psss.
Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia,
el perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias...   o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en su pata.
Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
Dócil a medias avanza
moviendo el rabo con miedo
y las orejitas gachas.
Chasco los dedos; le digo:
"ven aquí, no te hago nada,
vamos, vamos, ven aquí".
Y adiós la desconfianza.
Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras.
Es su alegría tan grande
que más que hablarme, me canta.
"¿Qué piedra te dejó cojo?
Sí, sí, sí, malhaya".
El perro me entiende; sabe
que maldigo la pedrada,
aquella pedrada dura
que le destrozó la pata
y él, con el rabo, me dice
que me agradece la lástima.
"Pero tú no te preocupes,
ya no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas
y a patita coja y triste
voy de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.
Entre basuras de tierra
tengo mi pan y mi almohada.
Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo la pedrada en el alma
y cuando mueras, amigo,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero: «aquí yace
un amigo de mi infancia».
Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.
Compañeros, si los hay,
amigos donde los haya,
mi perro y yo por la vida:
pan pobre, rica compaña.

 Era joven y era viejo;
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
lo dejó medio sin alma.
Y fueron muchas las hambres,
mucho peso en sus tres patas
y una mañana, en el huerto,
debajo de mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada,
un duro musgo de pelo,
con el rocío brillaba.
Ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.
Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras.
"Para ti...   un rabo de oro;
para ti...   un ojo de ámbar;
tú...   tus orejas de nieve;
tú...   tus colmillos de escarcha.
Y tú, -mi perro reía-,
tú...  tu muleta de plata".
Ahora ya sé por qué está
la noche agujereada:
¿Estrellas...   luceros...?  No,
es mi perro cuando anda...
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.

                                                                                            Manuel Benítez Carrasco